Thursday, September 03, 2009

IÑAKI



Es un niño muy guapo y valiente, tiene nueve años.

Todos los veranos españoles viaja a Buenos Aires para visitar a sus abuelos.Ellos viven en la costa argentina, puntualmente lo esperan en el aeropuerto para disfrutar de su compañía en la casa cercana al mar.

Este año el jovencito ha tenido suerte, los últimos días de agosto, el invierno regaló días benévolos, imagino que debe haberlo pasado genial, jugando en la playa, recibiendo mimos, pensando que allende el océano sus papás estaban cumpliendo sus obligaciones.

La comunicación por Internet y celular los acercaba, la distancia no se sentía.

Durante su estadía visitó a sus amiguitos argentinos, todo era deleite.

El sábado por la noche preparó sus maletas debía regresar a Madrid para volver a la escuela, reencontrarse con sus padres.

En auto recorría los kilómetros que lo separaban de Ezeiza.

La cinta asfáltica parecia haber sido construída por un artesano, polija, delimitada.

Tenía sentimientos encontrados quería reunirse con sus papis y a la vez quedarse con sus abuelos.

Miraba extasiado la extensión de los campos a la vera de la ruta.

Llegarían a Buenos Aires en las primeras horas de la tarde, tendría tiempo de despedirse de su tío, regalarle una vez más su eterna sonrisa.

Nadie podía imaginar la tortura que esperaba al pequeño, estaba acostumbrado a volar solito.

Realizados los trámites de migraciones lo despidieron en la sala de preembarque, jamás perdió el buen humor.

Abrazó a los abuelos, en pocos minutos estaría en el aire.

Mañana mamá se fundiría con él en un abrazo inmenso.

Nada de eso ocurrió.

El vuelo programado para determinada hora fue demorado.

Embarcado, las luces del avión se apagaban y prendían, las mangas de emergencia se soltaban al viento nocturno, después de varias horas la compañía aérea trasladó a los pasajeros a los amplios salones del aeropuerto.

Iñaki seguía solo sin comprender nada, se había convertido en rehén de una situación ajena.

La mayoría de los viajeros fueron trasladados a diferentes hoteles.

El pequeño se quedó en el salón VIP esperando.

Nadie le preguntó si tenía miedo, hambre, frío o calor, ganas de higienizarse.

Afuera su tío pedía ver al niño, necesitaba hacerle sentir que no estaba solo.

No lo dejaron, para verlo debía depositar determinada cantidad de moneda extranjera.

Iñaki después de tantas horas pudo abrazar a sus padres.

La historia aquí no termina, ahora hay que buscar a los responsables de tanta desidia, tienen que responder por qué dejaron librado a su suerte a un chico que no entiende de dificultades que se repiten a diario.

Iñaki posiblemente pase nuevamente las próximas vacaciones en el país que viven sus abuelos, a tan corta edad, sabe que no quiere viajar en una aerolínea que pasó por muchas manos y representa a la patria de sus ancestros.

No sé como piensa ese niño, solo puedo pedirle disculpas y sentir una profunda vergüenza.

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