Tuesday, September 01, 2009

EL COLECCIONISTA



Coleccionaba relojes, en sus momentos libres se dedicaba a repararlos, colocaba las piezas que pudieran faltarle para que tuvieran su aspecto original.

Intercambiaba información con otros coleccionistas con el único fin de no tener piezas repetidas o bien conseguir los faltantes.

Eran tantos los relojes que tenía que construyó un salón para albergarlos, en el centro ubicaría un cómodo sillón para admirarlos.

Pesados cortinados los protegían de los rayos de sol que cada mañana se colaban por los ventanales.

Adrián su nieto menor lo seguía a todas partes, le preguntaba al abuelo por qué todos marcaban horas diferentes.

El anciano sonriente le contaba que era una manera de anclar el tiempo en hechos que le traían alegrías o tristezas, era como tener una máquina del tiempo al alcance de la mano solo bastaba mirar la hora y llamar a los recuerdos.

A medida que el niño fue creciendo la pasión por los relojes se adueñaba de su alma.

Aprendió todo lo necesario para continuar la obra de su abuelo.

Lo acompañaba a los remates, pícaros sonreían cuando obtenían un mejor precio.

El destino se fue llevando los afectos.

Adrián ya era un hombre y experto coleccionista, orgulloso el abuelo delegaba muchas funciones en su nieto.

El viejito apoyado en su bastón solo se ocupaba de uno, era el que marcaba la hora de la partida de la mujer con la que había compartido más de cincuenta años.

Ese atardecer Adrián no sabía que sería la última vez que estaría con el ser que le había enseñado todo.

El abrazo fue más cálido que otras veces.

Durante la noche no podía apartar de su mente la mirada ausente de su abuelo, afuera la llovizna hacía crecer la tristeza.

No podía esperar hasta el próximo encuentro, necesitaba decirle al anciano cuánto lo quería, lo afortunado que se sentía por haber estado siempre a su lado.

No le importó que la llovizna se hubiera transformado en lluvia torrencial.

Apuró el paso.

Al llegar notó que la luz del salón continuaba encendida.

El corazón galopaba en su pecho hasta sentir sensación de ahogo.

La puerta estaba sin llave.

Corrió los últimos metros, al abrirla encontró la ropa del anciano, las mangas del saco parecían abrazar el reloj que tanto quería su abuelo.

A la misma hora que años atrás las plateadas palomas de Venus que ornamentaban el reloj central, desplegaron sus alas para acompañar al viejito en su camino al cielo.

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