Tuesday, October 04, 2016

ILUSIONES PERDIDAS




Abstraída en su único pensamiento no nota mi presencia.
Como siempre camina sin destino preciso.
Me acerco para preguntarle si no desea caminar hasta el puerto, le cuento de una feria de artesanías que hace poco se instaló en las cercanías de aquel.
El día no puede ser más propicio, el sol de primavera comienza su ascenso, los pájaros reciben los destellos brillantes con armoniosas melodías.
Una flor solitaria tiene sus pétalos vestidos con gotas de rocío, fotografío la imagen con mi celular para regalársela.
Nos detenemos en una cafetería del puerto quien nos atiende nos dice que al terminar la banquina del puerto se encuentra el sitio al que deseo conozca.
Intuyo que mientras miramos la obra de esos artistas anónimos su alma quebrada por el dolor encontrará algo de paz.
Dias pasados me contaron que los dueños de los puestos son refugiados que han huido de sus países porque allá a mezquindad e intereses oscuros de una guerra sin sentido ha diezmado familias enteras.
Los sobrevivientes han migrado con lo puesto a países lejanos que se encuentran del otro lado del mundo.
No solo quisieron preservar sus vidas sino también los recuerdos de sus familias quebrantadas.
Ella mira algunas artesanías, mientras sostiene una de las piezas que sostiene en sus manos su vista está clavada en un hombre de vestimenta blanca desplegando la manta que colocará sobre el suelo para colocar los objetos que le permitirán llevar una vida relativamente digna.
La cara de mi acompañante se ilumina al divisarlo.
Me cuenta que lo conoció en un viaje junto a su hijo a orillas del mar Bósforo, es el mismo de eso no tiene dudas, está vestido igual que antaño, blanco impecable tanto en los amplios pantalones sostenidos en los tobillos como en el turbante.
De su cuello cuelga una cadena, la medalla reproduce la imagen de una bella mujer de las que resalltan bellos ojos de color verde, el resto del rostro está cubierto por un shador que impide ver los rasgos de una cara que se adivina la hermosura de los paisajes orientales.
Mientras nos acercamos me cuenta que en Ankara a orillas del océano de color azul intenso, ese hombre vendía ilusiones pese a estar privado del don de la vista.
Me asombra el perfecto manejo del idioma español, lo aprendió del contacto cotidiano con la esposa de su hijo mayor quien migró a Turquía por el amor a su marido.
De esa familia como de tantas otras no ha quedado nada.
Pese al dolor que produjo en su corazón perder a toda su familia el decidió seguir viviendo.
Quien lo ve tiene que ser demasiado sagaz para darse cuenta que el casi anciano vendedor de ilusiones es ciego.
Estamos muy cerca, en el instante que comenzamos a mirar la mercadería percibida él la recibe con un apretón de manos.
Han pasado varios años de aquel primer contacto en la feria de Ankara son embargo él la recuerda como si solo hubieran transcurrido solo unas horas.
Al enterarse de la historia de quien ya considero mi amiga, la mirada sin vida del hombre moreno pareciera velarse con las lágrimas.
Elegimos varios objetos, todos tienen la belleza y el misterio de tierras ancestrales.
El vendedor agradece la compra de una manera que es difícil encontrar en sitios cotidianos donde nos atiende casi siempre personajes robotizados.
Lo saludamos con cariño para despedirnos, nos pide un segundo, nos sentimos sorprendidas y halagadas.
El vendedor de ilusiones que repite a quien quiera oirlo que puede ver con los ojos del alma, en menos de un segundo desprende de su cuello la cadena con el rostro amado de su espsa.
Quitará la fotografía de esa dama de belleza exótica, lpide permiso para colgarla del cuello de mi amiga.
El asombro y agradecimiento impiden que sea más expresiva,
El vendedor solo le ruega que en el mismo lugar qye estaba el rostro de su esposa coloque una fotografía de su hijo.
Relata que la cadena y la medalla recibieron la bendición de su Dios, hermano mayor del nuestro.
Nadie como ese hombre que amó a su compañera Fair para entender la tragedia sufrida por esta mujer que cada día me enseña algo nuevo.
Emprendemos el regreso a nuestras casas, le pregunto si quiere viajar en auto pese a que no advierto signos de cansancio.
La respuesta es la que esperaba un no rotundo, prefiere que caminemos juntas, ello posibilitará que día a día vaya conociendo un poco más a esa mujer que aún cuando lo pareciera no está rodeada de enigmas, sino del recuerdo permanente de su hijo fallecido de manera prematura.
Mientras caminamos la invito a cenar mañana en mi casa, me responde de la manera que tanto esperaba.
Hace tiempo que les conté a Ustedes que curso la carrera de Humanidades.
Nadie mejor que ella para compartir lo aprendido hasta hora.
Les aseguro que la vida brinda más conocimientos que cualquier carrera universitaria.
Sé que está preocupada por lo que llamaría ciertas deslealtades, ella no las menciona de ningún modo en especial, cuando conversamos sobre el tema trata de evadirlo respondiendo que cada ser terrenal es dueño de su conciencia y sus actitudes.
Manifiesta no tener la capacidad de juzgar a nadie ni guardar rencor alguno.
Traza un paralelismo con la vida de su hijo quien muchas veces fue golpeado sin razón, descalificado hasra el cansancio y su respuesta siempre fue el silencio.
Su muchacho era agnóstico solo creía en aquello que percibía.
En los últimos días de vida terrena se acercó al Dios de los terrenales para pedir a los seres de su entorno que cuidaran a su madre.
Muchachito de ojos color chocolate, no he tenido el placer de conocerte, menos de sumergirme en la profundidad de tu mirada, pese a estas circunstancias me tomo el atrevimiento de pedirte que nunca olvides cuanto te quiere tu mamá.

https://www.youtube.com/watch?v=9L2NQ6z5FEM

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